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Cherry picking
2 Diciembre, 2023
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Cherry picking

Los padres que han pasado por la odisea de elegir colegio para sus hijos saben bien lo que es tomar una decisión entre alternativas imperfectas. Como por ejemplo, elegir un colegio. Uno tiene mejor deporte que formación académica; otro tiene buen nivel académico, pero el inglés es muy malo; el del lado tiene buenos profesores, pero abunda el bullying entre los alumnos; hay uno que queda cerca de la casa, pero el que queda a una hora de viaje es bilingüe. Como ocurre con la mayoría de las cosas en la vida, esos padres no pueden escapar de la decisión que deben tomar. Deben elegir la mejor de las alternativas disponibles, aunque ninguna los satisfaga completamente.

El mundo sería tanto más fácil si uno pudiera hacer cherry picking, es decir, elegir las cerezas de una caja en vez de tener que comprar la caja donde vienen buenas y no tan buenas. Pero el mundo no funciona así. Todas nuestras decisiones tienen un beneficio y un costo asociados a ellas. Incluso, no hacer nada implica dejar de hacer todo. Levantarse una hora más tarde es rico, pero implica llegar atrasado al trabajo; jugar fútbol con los amigos es entretenido, pero ese día no vas a poder acostar a tus hijos; el carrete del sábado implica una resaca el domingo, y suma y sigue.

Por eso me cuesta tanto entender a los intelectuales, académicos y, sobre todo, a los economistas que se han manifestado en contra de la propuesta constitucional que tenemos que votar el próximo 17 de diciembre. En su mayoría, ellos justifican su decisión diciendo que el texto no les satisface plenamente. Que es muy largo, que se mete en temas de políticas públicas, que no resuelve bien el tema de los derechos sociales, etc. Si existe un momento en que no podemos hacer cherry picking es cuando ejercemos nuestro derecho a voto. No podemos armar nuestro candidato ideal con el cerebro de uno, la experiencia de otro y la retórica de un tercero. Menos podemos armar nuestro texto perfecto para una Constitución. El 17 de diciembre tenemos que votar a favor de un texto que nunca nos va a dejar plenamente contentos, o en contra de dicho texto, aceptando las consecuencias que eso implica. Por lo mismo, además de analizar detalladamente las bondades y defectos del texto propuesto, antes de tomar una decisión, también debemos poner sobre la mesa los costos de no aprobarlo.

Los costos de no aprobar la propuesta constitucional, en mi opinión, son enormes. El país ya perdió un quinquenio completo en su camino al desarrollo. Eso tendrá devastadoras consecuencias en las aspiraciones de progreso de una generación completa de chilenos. El crecimiento promedio de la economía chilena fue de tan solo 1,6% en los últimos cinco años, razón por la cual el ingreso per cápita es hoy prácticamente el mismo que en 2018. La incertidumbre creada por el estallido de octubre de 2019 y el proceso constitucional que le siguió tienen prácticamente paralizadas las decisiones de inversión. Tenemos más de 100 mil personas adicionales buscando empleo sin encontrarlo y los salarios reales apenas han crecido a un ritmo de 0,6% anual en los últimos cinco años.

Chile está estancado y sin rumbo y parte importante de la explicación es que hemos mantenido a los chilenos y al mundo a la espera de que demostremos que somos capaces de concordar las reglas básicas que rigen nuestra vida en comunidad. Rechazar la propuesta constitucional es perpetuar este nivel de incertidumbre con los costos en bienestar que ello implica. Rechazar es una señal directa al mundo de que no somos capaces de ponernos de acuerdo en las normas mínimas de convivencia en sociedad. Rechazar implica darles una nueva oportunidad a los que quieren refundar el país desde cero. Rechazar es regalarle un empate a la extrema izquierda, los mismos que desde hace cinco años han estado dispuestos a arruinar al país con tal de imponer su ideología.

El 17 de diciembre, cuando estemos frente al voto, tenemos que pensar que el colegio que estamos eligiendo para nuestros hijos difícilmente cumple con el 100% de nuestros requisitos. Pero la decisión que tenemos que tomar es si las cosas que no nos gustan son razones suficientes para dejar a nuestros hijos en la casa, sin educación.

Si yo tuviera que redactar la nueva Constitución, mi texto probablemente sería muy distinto al propuesto. Pero voy a votar A favor porque, para Chile, los costos de rechazar este texto son muy superiores comparado con los problemas que pudieran surgir de las deficiencias que este pueda tener. En el mundo real, no el de la teoría y la academia, no existe el cherry picking.

José Ramón Valente

 

Leer la nota en El Mercurio